Montaña Peña de Palomas

El día 8 de agosto del pasado año (2018), mi perrita Leyla, mi fiel compañera, decidió irse a subir los volcanes del arco iris de los perros. A punto de cumplirse un año de su marcha considero merecido hacerle un pequeño homenaje en este blog del que Ella es protagonista importante. Y lo hago eligiendo la última montaña, el último volcán que subimos juntas. Ya lo habíamos subido en enero del 2014 y volvimos  en septiembre del 2017, pero esta vez su patitas traseras ya no le respondían, a cada sombra que pillaba se echaba a descansar y recuperar el resuello; ese día me di cuenta que su cuerpito ya estaba muy cansado para estas excursiones. El pasado mes de enero (2019), mi compañero y yo en compañía de unos buenos amigos, subimos de nuevo a dejar allí parte de sus cenizas.

La montaña Peña de Palomas está justamente en la divisoria de los municipios de Yaiza y Tías perteneciendo a este último. La alcogida que cubre parte de su ladera y la casa que se sitúa debajo conforman una típica estampa que se ve desde la carretera cuando vamos a La Geria.

Nos adentramos por un camino rodeado de viñas y frutales.

Un viejo cuartos de aperos construido con cantos nos observa.

Los testes de picón parecen peinados por el viento.

En enero /14 Leyla tuvo a su amiga Nuka como compañera de juegos.

Aprovechando las veredas en las laderas de picón subimos hasta lo alto de la caldera y desde allí por lava más compacta hacia la parte más alta del cráter.

Así de lozana lucía Leyla 5 años atrás. Al fondo vemos Tinguatón con el Cráter de los Cuervos y la alineación de Montaña Negra, Colorada y Ortiz.

El pasado mes de enero, aunque no fue muy copioso en lluvias, el paisaje mostraba más colorido. Incluso encontramos rillas, lenguas de vaca y senecios dando un toque de color.

Siluetas bajo un cielo enladrillado.

Y esto es lo que se ve desde arriba.

Desde lo alto alzamos al viento las cenizas de Leyla. Quizá haya personas a la que este acto le parezca una frivolidad, pero sé que mucha gente, por suerte cada vez más, que ama a los animales, lo entiende y hasta se emocione.

Nos reponemos de la emoción  y empezamos a bajar por un lateral, allí alcanzamos una pequeña colonia que, a falta de alguien que me corrija, creo que son tarajales.

Y nos volvemos siguiendo las veredas.

Atrás dejamos un cachito de Leyla, uno de tantos, porque hay muchos cachitos de Ella por todas las montañas, por todos los volcanes, en el corazón de los que la quisimos tanto. Siempre en nuestro recuerdo.

 

Entrada publicada el 30 de julio de 2019