La Atalaya de Haría

Custodiando el valle de las mil palmeras y bajo la atenta mirada de La Corona se encuentra la Atalaya de Haría. Por estas fechas (junio-16) luce colores ocres y amarillos pero en invierno se viste de un hermoso manto verde. Así se veía desde lo alto del Pozo de Gayo en un día nublado y gris hace unas semanas.

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Se localiza en el pueblo y municipio de Haría. Su altura 361 metros.

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Iniciamos su ascenso desde el pueblo de Máguez, por sus alrededores arranca un camino antiguo, el llamado Camino natural Órzola-Playa Blanca. Tuvimos suerte y ese día  las nubes tan frecuentes por esta zona dejaron asomar el sol y nos permitió ver cielos azules.

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Alcanzamos un camino que llega hasta las granjas que hay en su caldera. Pero antes nos desviamos por otro hacia unas cuevas de las que nos han hablado.

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Nos encontramos con la sorpresa de que las cuevas son huecos esculpidos en la pared, suponemos que para la extracción de cantos, tal como demuestra un pequeño lagar construido con ellos. Hay varios huecos, algunos de ellos de dimensiones considerables y divididos con muros de canto. Parece que también fueron usadas como polvorín en tiempos de la guerra. Extracto del blog PELLAGOFIO:

Polvorín
Hasta ese momento el parque móvil de la zona lo constituían algunas bestias y un carro para el correo. Pero, dice Dorina, “un hombre trajo un camioncito y pegó a sacar arena de allí detrás [en La Atalaya] y piedras de unas cuevas donde sacaban cantos para fabricar casas, porque antes no había bloques y no se hacían las casas sino de piedra y cal”. Las cuevas se llenaron de soldados en los años 40 en que se usaron como polvorín. “Sé cómo son las cuevas, porque fui con una vecina que tenía el hermano sirviendo allí en el cuartel, y la mandaba que fuera a comprar huevos aquí en Máguez. Para los jefes sería. Yo era chiquita e iba con ella y Luciano nos enseñaba aquello por fuera, el polvorín, más abajo la cocina con unos teniques y allí hacían de comer los soldados”.

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Después de pasearnos por las distintas cuevas y tomar un refrigerio en el fresco interior de una de ellas continuamos subiendo. Aprovechamos sus antiguas terrazas para ganar altura sorteando tuneras y veroles que campan a su libre albedrío. Por estas fechas los veroles se cubren con sus vistosas flores de color rosa.

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Una vieja cruz de madera doblegada por el viento nos recibe.

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Desde allí contemplamos una hermosa vista al pueblo de Haría y alrededores mientras se oyen sonidos de granja, cacareos, ladridos…

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Y bajamos, como siempre, siguiendo los caminos.

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Entrada publicada el 14 de Junio de 2016